La vida no es más que una sucesión de hechos irrepetibles.
Y si algo obvio hay en ella, es que no aprendes a vivir hasta que vives.
Como cuando le diste tu primera calada a aquel cigarro... Sábias qué era fumar, habáis visto a muchas personas hacerlo, pero nunca llegaste a entenderlo hasta que lo sentiste dentro de tí.
Veías a las parejas andar por las calles, darse tiernos besos y pensabas ¿qué encontrarán de entretenido en mezclar saliba? Aquel plomazo que envió el ayuntamiento para darte una charla te lo explicó muy bien, pero tú no lo entendiste hasta que un tímido labio se encontró con el tuyo, y en ese momento decidiste que no querías que nunca, nunca, se apartase de aquel lugar.
Habías leído muchos cuentos en los que el príncipe le jura amor eterno a la princesa, y luego habías visto como en esas trágicas películas de esa cadena que nadie ve, el príncipe abandonaba a la princesa, y ella lloraba, y lloraba. ¿Cómo iba a llorar, si tan solo llevan saliendo dos semanas? No hizo falta responder cuando ese chico te dijo que solo quería ser tu amigo, ¿verdad?
Sí, es patético.
Y mientras le das su última calada a ese cigarrillo que nunca pensaste encender, y secas tus lágrimas por ese chico al que nunca quisiste amar, escribes sobre lo patética que es tu vida y esperas impaciente a que alguien vea tu arte donde no lo hay.
Enhorabuena. Eres, eso... ¿patética? No... Humana.
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