-Dímelo-pronunció él, elevando un poco su voz-. Mírame a los ojos y dime que no me quieres, y que quieres que todo acabe-finalizó, cuando su voz ya había alcanzado su tono máximo.
Ella hizo un intento de acatar su petición, pero no podía. Le resultaba imposible. ¿Cómo le iba a mentir? Él espero unos segundos, que se le hicieron eternos.
-No puedes-consiguió decir-. Ni siquiera eres capaz de decirme eso-él respiró, cayó durante un instante y susurró-. ¿Por qué me haces esto?-su voz sonaba más sincera que nunca-¿Por qué?-ante el silecio de ella, que había conseguido reunir el valor suficiente para mirarle a los ojos, continuó-. Veo que no te importo... Adiós-él hizo amago de irse, pero ella lo agarró por el brazo y, entre sollozos, le dijo:
-No... ¡No te vallas! No acabes así...
Él no hizo caso de sus ruegos y, una vez que consiguio que lo soltara, se fué.
Ella se quedó allí, en el lugar donde lo conoció. En el lugar donde su primer beso se hizo realidad, y en el mismo lugar donde-pensó-, quedaría para la prosperidad que le abandonó.
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